viernes, 16 de diciembre de 2011

LOS CUATRO CAMINOS: FAQUIR MONJE YOGUI Y 4TO.


LOS CUATRO CAMINOS



FAQUIR MONJE YOGUI Y 4TO.

—Dije la última vez que la inmortalidad no es una propiedad con la que nace el hombre, pero
que ella puede ser adquirida. Todos los caminos que conducen a la inmortalidad —los que son
generalmente conocidos y los otros— pueden dividirse en tres categorías:


1. El camino del faquir.
2. El camino del monje.
3. El camino del yogui.

"El camino del faquir es el de la lucha con el cuerpo físico. es el camino del trabajo sobre la
primera habitación. Es largo. difícil y dudoso. El faquir se esfuerza en desarrollar la voluntad
física, el poder sobre el cuerpo. Lo obtiene mediante terribles sufrimientos, torturando al
cuerpo. Todo el camino del faquir está hecho de ejercicios físicos increíblemente penosos. Se
mantiene de pie, en la misma posición, sin movimiento alguno, durante horas, días, meses o años; o bien, sentado sobre una piedra desnuda, bajo el sol, bajo la lluvia, bajo la nieve,
mantiene los brazos extendidos o bien se tortura con fuego o con un hormiguero en el que
pone sus piernas desnudas, y así sucesivamente. Si no se enferma o no muere, se desarrolla en
él lo que puede llamarse la voluntad física y obtiene entonces la cuarta habitación, es decir, la
posibilidad de formar el cuarto cuerpo. Pero sus otras funciones —emocionales,
intelectuales— permanecen sin desarrollar. Ha conquistado la voluntad, pero no tiene nada en
qué poderla aplicar, no puede hacer uso de ella para adquirir el conocimiento o perfeccionarse
a sí mismo. Por lo general está demasiado viejo para iniciar un trabajo nuevo.
"Pero ahí donde hay escuelas de faquires, también hay escuelas de yoguis. Por lo general los
yoguis no pierden de vista a los faquires y si un faquir obtiene lo que anhela antes de ser
demasiado viejo lo llevan a una de sus escuelas para curarlo; restablecen en él su poder de
movimiento, después de lo cual comienzan a enseñarle. Un faquir tiene que volver a aprender
a hablar y a caminar como si fuera un niño. Pero ahora tiene una voluntad que ha superado
dificultades increíbles y ésta podrá ayudarlo a vencer las dificultades que todavía lo esperan
en la segunda parte de su camino, en la que se tratará de desarrollar las funciones intelectuales
y emocionales.
"Ustedes no se pueden imaginar las pruebas a las que se someten los faquires. Yo no sé si
ustedes han visto a los verdaderos faquires. Por mi parte he encontrado muchos; me acuerdo
de uno de ellos que vivía en el patio interior de un templo de la India; hasta he dormido a su
lado. Día y noche, durante veinte años, se había mantenido sobre la punta de los dedos de las
manos y de los pies. Ya no podía enderezarse ni desplazarse, sus discípulos lo transportaban y
lo llevaban al río, donde lo lavaban como a un objeto. Pero resultados de esta clase no se
obtienen en un día. Piensen en todo lo que ha tenido que sobrellevar, en las torturas que ha
debido sufrir para alcanzar este grado.
"Y un hombre no se convierte en faquir debido a sentimientos religiosos o porque comprende
las posibilidades y los resultados de este camino. En todos los países del Oriente donde
existen faquires, la gente del pueblo tiene la costumbre de prometer a los faquires el niño
nacido después de algún acontecimiento feliz. También se da el caso de que los faquires
adopten huérfanos o le compren sus niños a los indígenas. Éstos se convierten en sus alumnos
y los imitan, ya sea de buen grado o constreñidos a hacerlo; algunos lo hacen sólo en
apariencia, pero hay otros que se convierten realmente en faquires.
"Además, otros siguen este camino simplemente por haber sido fuertemente impresionados al
ver a algún faquir. Cerca de todos los faquires que se pueden ver en los templos, se encuentra
gente que los imita, sentados o de pie, en la misma postura. Naturalmente que no lo hacen por
mucho tiempo, pero algunas veces durante largas horas. Y sucede también que un hombre que
ha entrado accidentalmente en un templo, en un día de fiesta, después de haber comenzado
por imitar a algún faquir que lo había impresionado, no regresa más a su hogar, sino que se
une a la multitud de discípulos; más tarde él mismo llegará a ser faquir. Ustedes deben
comprender que en estos casos yo no le doy a la palabra faquir su sentido propio. En Persia el
término faquir significa simplemente un mendigo; en la India, los juglares, los saltimbanquis, a menudo se denominan ellos mismos faquires. Y los europeos, especialmente los europeos
cultos, le dan a menudo el nombre de faquir a los yoguis, lo mismo que a los monjes errantes
de diversas órdenes.
"Pero en realidad, el camino del faquir, el camino del monje y el camino del yogui, son
enteramente diferentes. Hasta ahora no he hablado sino de los faquires. Es el primer camino.
"El segundo es el del monje. Es el camino de la fe, del sentimiento religioso y de los
sacrificios. Un hombre que no tuviera muy fuertes emociones religiosas y una imaginación
religiosa muy intensa, no podría llegar a ser un «monje» en el verdadero sentido de la palabra.
El camino del monje es también muy duro y muy largo. El monje pasa años y decenas de años
luchando contra sí mismo; pero todo su trabajo está concentrado sobre la segunda habitación, sobre el segundo cuerpo, es decir, sobre los sentimientos. Sometiendo todas sus otras
emociones a una sola, que es la fe, desarrolla en sí mismo la unidad, la voluntad sobre las
emociones, y por este camino alcanza la cuarta habitación. Pero su cuerpo físico y sus
capacidades intelectuales pueden quedarse sin desarrollo. Para poder servirse de lo que él
habrá obtenido, tendrá que cultivarse física e intelectualmente. Esto no se podrá realizar sino
por medio de nuevos sacrificios, de nuevas austeridades, de nuevos renunciamientos. Un
monje tiene que llegar a ser un yogui y un faquir. Son muy escasos los que llegan tan lejos;
más escasos aún los que llegan a triunfar sobre todas las dificultades. La mayoría muere antes
de arribar a esto o no llega a ser «monjes» sino en apariencia.
"El tercer camino es el del yogui. Es el camino del conocimiento, el camino del intelecto. El
yogui trabaja sobre «la tercera habitación» para llegar a penetrar en la cuarta por medio de sus
esfuerzos intelectuales. El yogui llega a alcanzar «la cuarta habitación» al desarrollar su
intelecto, pero su cuerpo y sus emociones quedan sin desarrollarse y, como el faquir y el
monje, es incapaz de sacar partido de su victoria. Lo sabe todo pero no puede hacer nada. Para
ser capaz de hacer debe conquistar el dominio sobre su cuerpo, sobre sus emociones, es decir
sobre la primera y la segunda habitación. Para lograr esto, le es necesario comenzar a trabajar
de nuevo, y no obtendrá resultados sin esfuerzos prolongados. En este caso, sin embargo, él
tiene la ventaja de comprender su posición, de conocer lo que le falta, lo que debe hacer, y la
dirección que debe seguir. Pero, así como en el camino del faquir o del monje, también en el
del yogui son muy escasos los que adquieren tal conocimiento, ES decir, obtienen el nivel en
el que un hombre puede saber a dónde va. La mayoría se detiene en un cierto grado de
desarrollo y no va más lejos.
"Los caminos también difieren mucho los unos de los otros en relación al maestro, o al guía
espiritual.
"En el camino del faquir un hombre no tiene maestro en el verdadero sentido de la palabra. En
este caso, el maestro no enseña, simplemente sirve de ejemplo. El trabajo del alumno se limita
a imitar al maestro.
"El hombre que sigue el camino del monje tiene un maestro y parte de sus deberes, parte de su
tarea, consiste en tener una fe absoluta en él, en someterse por completo a su maestro, en
obedecer. Pero lo esencial en el camino del monje es la te en Dios, el amor a Dios, los
esfuerzos ininterrumpidos para obedecer a Dios y servirlo, aunque en su comprensión de la
idea de Dios y del servicio de Dios, pueda haber una gran parte de subjetividad y muchas
contradicciones.
"En el camino del yogui no hay que hacer nada, y no se debe hacer nada, sin un maestro. El
hombre que emprende este camino, al comienzo debe imitar a su maestro como el faquir y
creer en él como el monje. Pero después, paulatinamente, llega a ser su propio maestro,
aprende los métodos de su maestro y gradualmente se ejercita en aplicárselos a sí mismo.
"Pero todos los caminos, tanto el del faquir como el del monje y el del yogui, tienen un punto
en común. Todos comienzan por lo que es más difícil, un cambio total de vida, un
renunciamiento a todo lo que es de este mundo. Un hombre que tiene un hogar, una familia, debe abandonarlos, debe renunciar a todos los placeres, apegos y deberes de la vida, y partir al
desierto, entrar en un monasterio o en una escuela de yoguis. Desde el primer día, desde el
primer paso sobre el camino, debe morir para el mundo; sólo así puede esperar obtener algo
en uno de estos caminos.
"Para captar la esencia de esta enseñanza es indispensable darse cuenta cabal de que los
caminos son los únicos métodos capaces de asegurar el desarrollo de las posibilidades ocultas
del hombre. Además muestra cuán raro y difícil es un desarrollo de esta clase. El desarrollo de
estas posibilidades no es una ley. La ley para el hombre es una existencia dentro del círculo de
las influencias mecánicas, es el estado del «hombre-máquina». El camino del desarrollo de las
posibilidades ocultas es un camino contra la naturaleza, contra Dios. Esto explica las dificultades y el carácter exclusivo de los caminos. Son estrictos y estrechos. Sin embargo, nada se
puede alcanzar sin ellos. En el
océano de la vida ordinaria, y especialmente de la vida moderna, los caminos aparecen sólo
como un fenómeno minúsculo, apenas perceptible, que desde el punto de vista de esta vida no
tiene la menor razón de ser. Pero este fenómeno minúsculo contiene en sí mismo todo cuanto
el hombre dispone para el desarrollo de sus posibilidades ocultas. Los caminos se oponen a la
vida de todos los días que está basada en otros principios y sometida a otras leyes. He aquí el
secreto de su poder y de su significación. En una vida ordinaria, aunque esté llena de intereses
filosóficos, científicos, religiosos o sociales, no hay nada y no puede haber nada en ella que
ofrezca las posibilidades contenidas en los caminos. Porque éstos llevan al hombre o pueden
llevarlo a la inmortalidad. La vida mundana, aun la más exitosa, lleva a la muerte y no puede
llevar a ninguna otra cosa. La idea de los caminos no puede ser comprendida si se admite la
posibilidad de la evolución del hombre sin su ayuda.
"Por regla general, es duro para un hombre resignarse a esta idea; le parece exagerada, injusta
y absurda. Tiene una comprensión pobre del sentido de la palabra «posibilidad». Se imagina
que si tiene algunas posibilidades en sí mismo, éstas tendrán que desarrollarse y que por cierto
los medios de desarrollo están a su alcance. Partiendo de un total rechazo a reconocer en sí
mismo cualquier clase de posibilidad, por lo general el hombre pasa súbitamente a la
imperiosa exigencia de su desarrollo inevitable. Para él es difícil adaptarse a la idea de que sus
posibilidades no sólo pueden permanecer en su estado actual de infra-desarrollo, sino aun
atrofiarse definitivamente, y que por lo tanto su desarrollo reclama de él prodigiosos y
perseverantes esfuerzos. De una manera general, si consideramos a las personas que no son ni
faquires, ni monjes, ni yoguis, y de las que podemos afirmar sin temor que jamás serán
faquires, monjes o yoguis, estamos en condición de afirmar con certeza absoluta que sus
posibilidades no pueden ser desarrolladas y que no se desarrollarán jamás. Es indispensable
persuadirse profundamente de esto para comprender lo que voy a decir.
"En las condiciones ordinarias de la vida civilizada, la situación de un hombre, aun
inteligente, que busca el conocimiento, es sin esperanza, porque no tiene la menor posibilidad
de encontrar alrededor de él algo que se asemeje a una escuela de faquires o a una escuela de
yoguis. En cuanto a las religiones del Occidente, han degenerado hasta tal punto que desde
hace mucho tiempo ya no hay nada viviente en ellas. En fin, del lado «ocultista» o
«espiritista», ya no hay nada que esperar sino experiencias ingenuas.
"La situación seria realmente desesperada, si no existiese otra posibilidad, la de un cuarto
camino.
"El cuarto camino no exige que uno se retire del mundo, no exige que uno abandone todo
aquello por lo que se ha vivido hasta el momento. Este camino comienza mucho más lejos que
el del yogui. "Esto significa que es necesario estar preparado para entrar en el cuarto camino,
y que esta preparación, que es de las más serias, tiene que adquirirse en la vida ordinaria y
aplicarla sobre muchos lados diferentes. Además, el hombre que quiere seguir el cuarto
camino tiene que reunir en su vida condiciones favorables al trabajo, o por lo menos aquellas
que no lo hagan imposible; porque es necesario convencerse de que tanto en la vida exterior como en la vida interior, ciertas condiciones pueden constituir barreras infranqueables para el
cuarto camino. Añadamos aún, que este camino, contrariamente al del faquir, al del monje y
al del yogui, no tiene una forma definida. Ante todo, tiene que ser hallado. Es la primera
prueba. Y es difícil, porque el cuarto camino es mucho menos conocido que los otros tres
caminos tradicionales. Son numerosas las personas que nunca han oído hablar de él o que
niegan simplemente su existencia o aun su posibilidad.
"Sin embargo, el comienzo del cuarto camino es más fácil que el comienzo de los caminos del
faquir, del monje y del yogui. Es posible seguir el cuarto camino y trabajar en él mientras uno
continúa atendiendo sus ocupaciones ordinarias, en las condiciones habituales de la vida, sin cortar las relaciones que uno tiene con la gente, sin abandonar nada. Este camino no exige el
renunciamiento. Por el contrario, las condiciones de vida en las que un hombre se encuentra
cuando emprende el trabajo —o en las que el trabajo lo sorprende, por así decirlo— son las
mejores posibles para él, por lo menos al comienzo. Porque ellas le son naturales. Ellas son el
hombre mismo, porque la vida de un hombre y sus condiciones corresponden a lo que él es.
La vida las ha creado a su medida; por consiguiente, cualquier otra condición sería artificial, y
en este caso el trabajo no podría tocar inmediatamente todos los lados de su ser.
"De esta manera, el cuarto camino alcanza simultáneamente todos los lados del ser humano.
Es un trabajo inmediato sobre las tres habitaciones a la vez. El faquir trabaja sobre la primera
habitación, el monje sobre la segunda, el yogui sobre la tercera.
Cuando alcanzan la cuarta habitación, el faquir, el monje y el yogui dejan atrás muchas tareas
incumplidas y no pueden hacer uso de lo que han alcanzado porque no dominan todas sus
funciones. El faquir es amo de su cuerpo, pero no de sus emociones, ni de sus pensamientos;
el monje es amo de sus emociones, pero no de su cuerpo, ni de su pensamiento; el yogui es
amo de su pensamiento, pero no de su cuerpo, ni de sus emociones.
"Por lo tanto el cuarto camino difiere de los otros, en que exige del hombre ante todo la
comprensión. El hombre no debe hacer nada sin comprender — salvo a título de experimento,
bajo el control y la dirección de su maestro. Cuanto más comprenda un hombre lo que hace,
tanto más valor tendrán los resultados de sus esfuerzos. Es un principio fundamental del
cuarto camino. Los resultados obtenidos en el trabajo son proporcionales a la conciencia que
uno tiene de ese trabajo. No se requiere «fe» en este camino, por el contrario, la fe de
cualquier naturaleza que fuera, es aquí un obstáculo. En el cuarto camino, un hombre tiene
que asegurarse por sí mismo de la verdad de lo que se le dice, y en tanto que no haya
adquirido esta certidumbre, no debe hacer nada.
"El método del cuarto camino es el siguiente: si uno comienza un trabajo sobre una
habitación, debe emprender simultáneamente un trabajo correspondiente sobre las otras dos.
En otros términos, mientras uno trabaja sobre el cuerpo físico, hay que trabajar
simultáneamente sobre el pensamiento y sobre las emociones; mientras uno trabaja sobre el
pensamiento hay que trabajar sobre el cuerpo físico y las emociones; mientras se trabaja sobre
las emociones, hay que trabajar sobre el pensamiento y sobre el cuerpo físico. Lo que permite
llegar a esto es que en el cuarto camino es posible hacer uso de un cierto saber, inaccesible en
los caminos del faquir, del monje y del yogui. Este saber proporciona la posibilidad de un
trabajo en las tres direcciones a la vez. Toda una serie de ejercicios paralelos sobre los tres
planos, físico, mental y emocional, sirven a esta meta. Aun más, en el cuarto camino es
posible individualizar el trabajo de cada uno; dicho de otro modo, cada uno no debe hacer
sino lo que le es necesario, y nada de lo que no tiene utilidad para él. Porque el cuarto camino
pone de lado todo lo superfluo que se mantiene en los otros caminos simplemente por rutina.
"De esta manera, cuando un hombre alcanza la voluntad por el cuarto camino, se puede servir
de ella, porque ha adquirido el control de todas sus funciones físicas, emocionales e
intelectuales. Y por añadidura, ha ahorrado mucho tiempo al trabajar a la vez, paralelamente, sobre los tres lados de su ser.
"A veces al cuarto camino se le llama el camino del hombre ladino. El «hombre ladino»
conoce un secreto que no conocen el faquir, el monje ni el yogui. Cómo ha aprendido este
secreto el hombre ladino — nadie lo sabe. Quizás lo ha encontrado en un libro antiguo, quizás
lo ha heredado, quizás lo ha comprado o a lo mejor se lo ha robado a alguien. No importa. El
hombre ladino conoce el secreto y con su ayuda, deja muy atrás al faquir, al monje y al yogui.
"Entre los cuatro, el faquir es el que actúa de la manera más tosca; sabe muy poco, y
comprende muy poco. Supongamos que después de un mes de torturas intensivas, llega a
desarrollar cierta energía, cierta substancia que produce en él cambios definidos. Esto lo hace
absolutamente en la oscuridad, con los ojos cerrados, sin conocer ni la meta, ni los métodos, ni los resultados, por simple imitación.
"El monje sabe un poco mejor lo que quiere; lo guía su sentimiento religioso, su tradición
religiosa, un deseo de realización, de salvación; tiene fe en su maestro que le dice lo que debe
hacer y cree que sus esfuerzos y sacrificios «complacen a Dios». Supongamos que en una
semana de ayuno, de oraciones continuas, de privaciones y penitencias, llega a alcanzar lo que
el faquir no ha podido desarrollar en sí mismo sino en un mes de torturas.
"El yogui sabe mucho más. Sabe lo que quiere, sabe por qué lo quiere y sabe cómo lo puede
alcanzar. Sabe, por ejemplo, que para arribar a sus fines, tiene que desarrollar en él cierta
substancia. Sabe que esta substancia se puede producir en un día, a través de cierta clase de
ejercicio mental o a través de concentración intelectual. De este modo, fija su atención sobre
un ejercicio por un día entero, sin permitirse una sola idea ajena, y así obtiene lo que necesita.
De esta manera, en sólo un día, un yogui llega a lo mismo que llega el monje en una semana y
el faquir en un mes.
"Pero en el cuarto camino, el conocimiento es aún más exacto y más perfecto. El hombre que
lo sigue conoce con precisión qué substancias necesita para alcanzar sus fines y sabe que estas
substancias pueden ser elaboradas en el cuerpo por un mes de sufrimiento físico, una semana
de tensión emocional o un día de ejercicios mentales — y también, que estas substancias
pueden ser introducidas desde afuera en el organismo, si se sabe cómo arreglárselas. Y así,
en lugar de perder un día entero en ejercicios como el yogui, una semana en oraciones como
el monje o un mes en suplicios como el faquir, el hombre que sigue el cuarto camino se
contenta con preparar y engullir una pequeña píldora que contiene todas las substancias
requeridas y de esta manera sin pérdida de tiempo obtiene los resultados deseados."
—Igualmente hay que tener en cuenta, dijo G., que fuera de estos caminos justos y legítimos,
hay también caminos artificiales, que no dan sino resultados temporales, y caminos francamente
malos que aun pueden dar resultados permanentes, pero nefastos. Igualmente en estos
caminos el hombre busca la llave de la cuarta habitación y algunas veces la encuentra. Pero lo
que encuentra en la cuarta habitación, nadie lo sabe.
"También sucede que la puerta de la cuarta habitación sea abierta artificialmente, por medio
de una ganzúa.
"Y en estos dos casos se puede encontrar la habitación vacía."
Durante una de las reuniones siguientes, se abordó una vez más la cuestión de los caminos.
—Para un hombre de cultura occidental, dije, naturalmente es difícil creer y aceptar la idea de
que un faquir ignorante, un monje ingenuo, o un yogui retirado del mundo pueda estar en el
camino de la evolución mientras que un europeo cultivado, armado de su «ciencia exacta» y
de los últimos métodos de investigación, no tiene ninguna oportunidad y gira en un círculo del
cual no puede esperar salir.
—Sí, esto es porque la gente cree en el progreso y en la cultura, dijo G. Pero no hay ningún
progreso, de ninguna clase. Nada ha cambiado en miles de años. Sólo la forma exterior
cambia. La esencia no cambia. El hombre sigue siendo exactamente igual. La gente «culta» y
«civilizada» vive movida por los mismos intereses que los salvajes más ignorantes (movida por su ego). La civilización moderna está basada en la violencia, la esclavitud y las frases bellas.
las frases bellas sobre la civilización y el progreso no son más que palabras."

lunes, 28 de noviembre de 2011

GURDJIEFF Y LA CIENCIA DEL SER


Gurdjieff y la  Ciencia del Ser
Henry Tracol, BUSCADOR DE NACIMIENTO La llamada de G.I. Gurdjieff

Conferencia pronunciada en español en México
El 8.1.59-en la Casa del Arquitecto


Dicen que Oriente cuando desaparece un hombre de alta espiritualidad, a veces es difícil saber enseguida quienes han sido sus discípulos más allegados, porque éstos se preguntan ¿Quién va a tener ahora la osadía de pretender haber sido discípulo suyo? Algo más tarde, sin embargo, se dan a conocer, porque acaban por pensar: ¿Quién puede seguir negándose a dar testimonio?
Hablaremos pues esta noche de George Ivánovich Gurdjieff. Hace ya más de nueve años que nos dejó, y ya ven ustedes: todavía dudo si hablar de él.
Tuve el privilegio de tratarle asiduamente durante unos 10 años y puedo decir que él me conocía bien a mí, sin duda alguna mejor que yo mismo. En cambio me queda la impresión de que yo, por mi parte, no le conocía… o muy poco.
Entonces ¿Quién era Gurdjieff?
¿Un escritor? Indudablemente no. No tenía ni el tipo de cultura ni la preparación literaria que nos parecen imprescindibles para ser capaz de componer libros. Sin embargo llegó a dejarnos una obra de una amplitud impresionante, cuyo alcance, hoy por hoy, sólo podemos presentir. Tenía algo que decir y lo dijo, en una forma inimitable.
Tampoco era filósofo. No hablaba el lenguaje convencional de los círculos que se dedican a especulaciones de altos vuelos.
No pergeñó ninguna teoría inédita para deleite de los entendidos. Pero a pesar de su aparente falta de competencia, aquel buscador de la verdad supo remontarse a fuente escondida de la que mana la sabiduría de siempre, y con la fuerza auténtica de su determinación y su poder consciente de adaptación, logró dar a su pensamiento una forma que le permitió expresar y transmitir  a los hombres de hoy los principios fundamentales de un conocimiento objetivo.
Así pues, no tenía otro propósito que decir otra vez lo que ya se había dicho desde la más remota antigüedad, pero decirlo de manera que diera vida al deseo de experimentarlo y ponerlo a prueba, en lugar de filosofar doctamente en el vacío.
Esta concepción del conocimiento como algo que se ha de experimentar y saborear a través de la experiencia en lo que uno se implica directamente, le situaba en las antípodas del espíritu científico tal como lo hemos heredado del siglo pasado, espíritu que pese a algunas excepciones de primera magnitud, sigue prevaleciendo en la mayoría de los sabios contemporáneos, tan preocupados de situarse humildemente fuera del objeto se sus investigaciones, eliminando el famoso coeficiente personal y al mismo tiempo pretendiendo someter las fuerzas de la naturaleza y conquistar hasta los lejanos planetas de su sistema solar.
Esta es la verdadera piedra del escándalo. Con ella tropezamos cada vez que pretendemos conocer algo desde fuera, como si no nos concerniera en absoluto. Hemos olvidado el sabor del saber, de la sapiencia. Nuestro saber ya no tiene ningún sabor. No por falta de interés, pero nuestro interés va cada vez más hacia la periferia, hacia los resultados más espectaculares de poderío aparente.
Al desterrar a Dios de los laboratorios, se corría el riesgo de perder el sentido de un fin real para la investigación y como no se puede emprender nada sin alguna apariencia de significación, los sabios modernos profesaron la religión artificial del progreso sin fin, cuyo dios no puede ser sino el hombre mismo, pero un hombre aislado, desintegrado por su ilusión de estar sólo en un universo al que niega la vida.
En cuanto a los que se entregan a la terrible pasión de la ciencia pura, de la ciencia por la ciencia, caen en la misma trampa que  los que se dedican al arte por el arte mismo se engañan a  sí mismos y se pierden en un espejismo del que ya no pueden salir.
 En ellos seguramente piensa Fritjof Shuon cuando escribe: El hombre moderno colecciones llaves sin preocuparse por saber si pueden abrir puertas.
A esta ciencia codiciosa , embriagada por sus aparentes éxitos, a esta ciencia que aleja cada vez más al hombre de sí mismo, se aplica admirablemente el proverbio bíblico: El insensato mete la mano en el cuenco, pero se olvida llevársela a la boca.
Y en realidad no es acumulación sin fin de nuevos hechos o de puntos de vista originales lo que debiera importarnos, sino la posibilidad de integrarlos, para que de ello resulte un enriquecimiento substancial.
Necesitamos comprender de dónde viene esa sed de conocer y quien va a sacar provecho de ella. “Ciencia sin consciencia no es sino ruina del alma” dijo Rabelais. Si se ignora su punto de partida y su punto de llegada, el saber pierde sus raíces y acaba yéndose a la deriva. La cosecha de descubrimiento cae en un tonel sin fondo, o bien el hombre la lleva a cuesta como una carga cada día más pesada cada día para sus hombros maltrechos, sin que le aporte ninguna satisfacción verdadera.
Y ahora si yo me pregunto ¿Me conozco a mí mismo? ¿Soy consciente de mismo? Y trato de ser sincero, la respuesta sólo puede ser negativa. Pero ¡Qué raro! Existo, y sin embargo no sé quien soy en realidad.
¡Mi  propia vida es como la de un extraño del que no sé nada! Esta vez me siento directamente en juego y ya se levanta en mí el deseo de conocerme para dejar de estar ausente de mi vida, para descubrir lo que me impide ser lo que pudiera ser y manifestar las potencialidades escondidas que presiento en mí.
Acerca de esto ¿qué dice Gurdjieff? Dice que no se puede hablar de conocimiento sin tener en cuenta el ser al que se refiere  el conocimiento. Dice que el conocimiento de mí mismo depende muy estrechamente de mi ser, dicho de otro modo, que el valor y la calidad de mi saber, ya que no su amplitud, corresponden a los que soy actualmente.  Dice que si deseo desarrollarme, mi ser y mi saber han de crecer simultáneamente y paralelamente, ayudándose mutuamente y que se su conjunción íntima nacerá la comprensión, es decir el auténtico saber del ser.
No obstante Gurdjieff añade que no puedo entender este lenguaje, y que cada una de estas palabras puede dar lugar a un malentendido por mi parte, pues me falta la clave que me permita situar a cada momento el punto de vista desde el cual está hablando, y su rigurosa relación con el conjunto. Esta clave existe: es el principio de relatividad.
Según este principio, cada entidad en el Universo no existe sino en relación con el conjunto de qué forma parte, es decir, esencialmente en la medida en que participa en el Todo. Y Gurdjieff nos ofrece una visión grandiosa del Universo, compuesto de mundos contenidos unos de otros, en los cuales vivimos simultáneamente, estando en diferente relación con cada uno de ellos.
 La desdicha es que en esta inmensidad me siento aún más perdido. ¿Cuál es mi lugar, para que sirvo, qué es lo que justifica mi presencia en el Universo? Comprendo que yo solo jamás lograré resolver el enigma.
Lo que me falta es una manera totalmente nueva de acercarme a mi problema, no por fuera, sino por dentro. Lo que me falta es la ciencia del ser
No, Gurdjieff no era filósofo ni un sabio moderno. Tampoco era un profesor erudito acreditado para impartir enseñanza correspondiente su especialización. Nada de eso Gurdjieff era un Maestro.
¡Ya oigo el coro de protesta, aunque sean mudas! Se ha discutido mucho sobre la no utilidad y hasta la nocividad de los “Maestros”, idea que en muchos casos suscribiríamos de buena gana, pues si está lo peor a un paso de lo mejor… Hay Maestro y maestro.
Podemos decir que según las concepciones tradicionales, la función del Maestro no se limita a la transmisión de doctrinas, sino más  bien significa una verdadera encarnación del conocimiento, gracias al cual el Maestro puede ejercer una influencia activa, con objeto de ayuda al discípulo en su búsqueda.
            Y es verdad que esto representa un peligro, el peligro de intervención abusiva, el peligro de sugestión y de usurpación. Es lo que Gurdjieff llama “magia negra”, contra ella nos previene insistentemente, diciendo que  su característica más constante es la tendencia a suscitar la pasión en las personas, utilizándolas, aunque sea con las mejores intenciones, sin que ellas sepan que las están utilizando y sin que comprendan de qué índole es el objetivo que se propone; dice que esto se hace “suscitando” la fe en las personas, o bien ejerciendo una acción “sobre ellas por medio del temor”. Gurdjieff al contrario, insiste en que no debemos hacer nada sin comprender lo que estamos haciendo. Comprender es la primera exigencia de la enseñanza.
En este camino no es necesario tener “fe”. Dice lo que se requiere es un poco de confianza, y aun esto, no por mucho tiempo, porque cuanto antes el hombre empieza a experimentar la verdad de lo que oye, mejor para él.  El hombre ha de experimentar por sí mismo la verdad de lo que se le enseña.
            La ciencia del ser no es gratuita. Cuesta muy cara, y en el mercado de los valores reales, bien sabemos que el único poder adquisitivo es el esfuerzo consciente.
lo contrario. Se trata de esfuerzos por librarse de tensiones inútiles, por escapar de la tiranía de las asociaciones automáticas, por salvar la propia atención de la masa arrolladora de sugestiones que a cada instante nos desintegran. Por desgracia son esos esfuerzos los que constantemente tratamos de evitar. Preferimos proteger celosamente nuestra confortable pasividad interior, aunque esto signifique en realidad un enorme despilfarro de energías.
Esta necesidad una participación activa del alumno resalta más aún cuando Gurdjieff añade  No hay y es imposible que haya iniciación exterior alguna. En realidad no puede haber sino iniciación propia… el crecimiento interior el cambio de ser, depende entera y totalmente del trabajo que el hombre hace sobre sí mismo, se le dá un impulso para que trabaje y nadie puede realizar en su lugar su tarea, la que él debe emprender.
Por la misma razón señala Gurdjieff que entre todos los objetivos el más deseable es el que se refiere  a ser dueño de sí mismos, porque sin esto nada es posible y frente a cualquier otra meta vendría ser un sueño infantil. Ser dueño de sí, es decir en definitiva, ser uno su propio amo o Maestro, de tal manera que ya no haga falta Maestro ni dueño alguno.  (parece que a esa gente que le hablaba tenían miedo a que los hipnoticen, cualquiera Gurdjieff es todo lo contrario, pero  tenés  que laburar, despertarte, querer saber.)   Este camino ¡qué largo es! ¡es indudable que jamás seré dueño de mí mismo Mientras no me conozca!
Con el fin de conocerme, me es necesaria una investigación directa. Voy en busca de mi forma posible, esto es un imperativo de cualquier entidad natural cuando pasa del caos a la existencia, de lo indeterminado al descubrimiento de su estructura propia. Aquí, sería un desvarío fiarme del azar o avanzar a tientas: se necesita un método. Este método es la observación de sí. No observar mi comportamiento, sino observarme a mí mismo en mi relación con los diferentes aspectos de mi funcionamiento.
Lo malo es que en cuanto trato de observarme, me doy cuenta de que no puedo. Algo  me lo impide. No dispongo de mi capacidad de atención para una tarea tan sutil. Es porque estoy totalmente condicionado  por los automatismos mentales, emocionales y fisiológicos, que ya están arraigados en mí.
El hombre es una máquina muy compleja, dice Gurdjieff; es una maravillosa marioneta, perfectamente dispuesta para funcionar, cuyos movimientos interiores y exteriores dependen a cada momento de las  influencias a que está sometida su existencia. El hombre no puede hacer, en él todo sucede, todo se hace por sí sólo; es más, no tiene no rastros de ese atributo que cree poseer, o sea: una consciencia lúcida, una voluntad libre, un yo permanente y el poder de hacer. Es posible que se sorprendan ustedes de lo que voy a decirles: la característica principal del hombre contemporáneo está constantemente durmiendo.  Y de por sí esta característica basta para explicar todo lo que le falta.


El hombre contemporáneo nace dormido,  vive dormido y muere dormido. ¿Y qué conocimiento puede tener un hombre dormido? Si se piensa en esto, recordando al mismo tiempo que nuestro rasgo principal es el dormir, no se tardará en comprender que si el hombre quiere lograr conocimiento, ante todo ha de pensar en cómo despertar, como cambiar el ser.
Así  pues, no hay y no puede haber objetivo más urgente para mí que despertar. Lo  peor es que mientras duermo, no me doy cuenta ni de mi propia presencia. A lo largo de todo el día me olvido de mí mismo. Existo como si se tratara de otro. Necesito hacer un esfuerzo para recordarme de mí mismo.
Recuerdo de Sí he aquí la llave maestra del método. Y en su aspecto inicial, coincide con el acto de despertar.
Ahora, si me percato realmente de que el despertar consciente es la única brecha por la cual me será posible evadirme de la cárcel de mi automatismo, y si a la vez reconozco mi impotencia actual para volver en mí a voluntad, empiezo a comprender que para despertar no basta desearlo.
El hombre que quiere despertar, dice Gurdjieff debe buscar otras personas que también se intereso en como él por la posibilidad de despertar, con objeto de trabajar juntos. Si todos ellos acuerdan que el primero que se despierte despertará a los demás, ya tienen una posibilidad. Sin embargo, aún esto es insuficiente, porque puede se echarse a dormir todos  a un tiempo, y soñar que se despiertan. Luego no basta. Hace falta algo más. Hace falta que les vigile  un hombre que no esté dormido como ellos, o que no se duerma tan fácilmente como los demás. Tienen que dar con un hombre así, para que les despierte y ya no les deje caer en el sueño.
Una vez más nos encontramos con  la necesidad de un maestro. Desde este nuevo punto de vista se puede decir que su papel consistirá en crear condiciones requeridas – y la primera de ellas, claro está, en su propia presencia, con todo lo que esto significa- para que sus discípulos despierten, vuelvan en sí y se mantengan vigilantes.
Esta creación de condiciones es precisamente la tarea que impone a sí mismo en los legendarios Relatos de Belcebú a su Nieto (Belcebu’s Tales to his Grand son) el gran santo Ashyata Sheyimash, prototipo de maestros despertadores, con el fin de permitir que se manifieste en el consciente ordinario de los hombres el impulso eseral sagrado de consciencia moral objetiva, cuyos factores (o elementos potenciales) permanecen intactos en su subconsciente.
Semejantes condiciones presentan forzosamente numerosos aspectos y  sin  cesar  deben  adaptarse al conjunto de circunstancias en que se halla el grupo de discípulos, a fin de corresponder a las necesidades objetivas de su desarrollo espiritual. En su enseñanza, Gurdjieff se valía de todos los medios que le parecían oportunos, según el grado de comprensión de sus alumnos. Había un tiempo para los estudios teóricos y un tiempo para la experimentación, para  las comprobaciones, para que cada uno pusiera a prueba su propia comprensión, en las condiciones mismas de la vida.
Uno de los medios que más usaba era el estudio de las leyes de la manifestación, por medio de movimientos y danzas. Naturalmente no era tanto la configuración exterior de dichos movimientos lo que le importaba, sino su poder de animación, del que los ejecutantes daban testimonio por su grado de presencia consciente en medio de la experiencia. El mantener en vida las ideas esenciales de su enseñanza, le exigía, sin duda alguna, algo muy distinto de un saber abstracto, rígido y desencarnado. En esto radica seguramente el secreto de Gurdjieff y su asombrosa capacidad para poner sus particularidades subjetivas al servicio de la finalidad que se había impuesto.
A ese nivel, la ciencia del ser es ya un arte, pero un arte esencialmente práctico: su descubrimiento y su aprendizaje evocan naturalmente la artesanía medieval y las iniciaciones, tanto espirituales como operativas, de los compañeros constructores de catedrales.
Y ya que hemos de concluir diremos que la ciencia del ser, la que  Gurdjieff trataba de llevarnos a compartir, no se puede aprender sino por experiencia directa, constantemente renovada, del despertar a nuestra propia presencia en el mundo y a nosotros mismos, con todo lo que esto implica.
Preguntas:
¿Gurdjieff  hablaba de la naturaleza esencial del ser?  ¿ De qué se trata?
Podemos decirlo de manera sencilla: en realidad, yo soy. Pero no lo sé… no es algo que tengo que inventar, es lo que es. Pero para descubrir que soy, tengo que despertar.
¿Y por qué voy a tratar de acercarme a eso?
  Si es lo más verdadero que hay, si es como el centro de mi propia presencia en el mundo, no puedo menos que sentirme llamado, que tener deseo de conocerlo. Lo que no dejará de evocar el conócete a ti mismo y conocerás el Universo y sus leyes. El gran principio de analogía al que se refería Gurdjieff cuando decía que hay una correspondencia rigurosa entre el microcosmos  y el macrocosmos , y que el hombre total que ha llegado al término de su de desarrollo representa una miniatura del Universo. De manera que despertar a mi propia presencia es acercarme al conocimiento universal por dentro, no por fuera.
¿Cuándo me doy cuenta que estoy dormido, si me parece que estoy despertando, como puedo deslindar la imaginación?
No puedo, y por eso necesito la ayuda de otros, con tal que estén menos dormidos que yo.
¿Cómo considerar esta forma de sueño en que estamos sumergidos y del que es tan difícil sacarnos?
Este sueño es el estado natural del hombre. Vivimos en el sueño como vivimos dentro del aire, y no habría esperanza si no estuviéramos, a veces, en condiciones de percibir que no vivimos sólo en este mundo, sino también en otro, en el que nos es posible despertar a otro conjunto de percepciones, otra manera de ser, de pensar y de sentir. El acto de despertar puede cambiarlo todo: es nacer a otro mundo dentro de uno mismo.
El despertar ¿no implica relaciones con sus semejantes? ¿o bien se trata de un mundo aparte, aislado de la realidad que lo rodean?
Excelente pregunta, porque son frecuentes los equívocos a ese respecto. Despertar no es en absoluto aislarse del mundo, separarse de ese conjunto de relaciones en el que hemos de existir. Todo lo contrario, es ampliarse, enriquecerse, es la posibilidad de vivir a un tiempo en diferentes planos, es enfrentarse con exigencias de varios niveles a la vez: no es ir a menos, sino a más.


sábado, 12 de noviembre de 2011

BIBLOGRAFÍA DE G. I. GURDJIEFF



LA OBRA ESCRITA SOBRE GURDJIEFF
Si Gurdjieff invitaba a su mesa, también prodigaba las “ideas” a manos llenas y en toda ocasión. Entre las “migas del festín” de ideas al cual tantos hombres vinieron a saciar el hambre de su “alma” desde 1912 hasta 1949, dos libros mayores deben ser citados.

Nos restituyen la palabra de Gurdjieff con la mayor fidelidad.
Perspectivas desde el mundo real – es una compilación de apuntes que dan cuenta de las reuniones que se realizaban casi todas las noches alrededor de Gurdjieff, cualesquiera fuesen las circunstancias en que se encontrara. No son transcripciones directas. En efecto, Gurdjieff no permitía a sus alumnos tomar apuntes durante las reuniones. Felizmente, algunos oyentes dotados de una memoria excepcional se esforzaban posteriormente por reconstruir lo que habían escuchado. La fidelidad, en la medida de lo posible, de estos apuntes a la palabra de su maestro ha sido reconocida por quienes asistieron a las reuniones. Los informes que constituyen la mayor parte de la obra están precedidos de otros tres textos de carácter diferente. El primero, “Vislumbres de la Verdad”, es mas antiguo ya que data de 1915, es el relato que hace un alumno ruso de su primer encuentro con Gurdjieff, cerca de Moscú, antes de la revolución. Los otros dos, que datan respectivamente de 1918 y 1924, son conferencias de Gurdjieff dirigidas a un público numeroso. En cuanto a los “Aforismos” que cierran la obra, estaban escritos sobre el toldo del Study House en el Prieure.

Fragmentos de una Enseñanza Desconocida – es un libro escrito por P.D. Ouspensky uno de los principales discípulos de Gurdjieff. Fue publicado a fines de 1949, Maurice Nadeau, que se encargaba entonces de la critica literaria del diario Combat, le consagro un articulo muy extenso y saludo en Ouspensky al Platón del Sócrates-Gurdjieff. Es de esta manera como debemos considerar el trabajo de Ouspensky, quien, respetando la voluntad de quien consideraba su maestro, había postergado la publicación de su libro a fin de que no fuera difundido antes de que la obra escrita del mismo Gurdjieff fuese publicada. Si recordamos que Gurdjieff prohibía tomar apuntes de las reuniones que tenia con sus compañeros de trabajo, podemos medir el extraordinario esfuerzo de memoria llevado a cabo por Ouspensky. No solamente trabajo de memoria, sino también de comprensión y de síntesis para relatar, no en forma sistemática sino según una progresión viviente, el conjunto de las informaciones recibidas durante ocho años, en condiciones de vida a veces muy arduas y bajo las circunstancias difíciles impuestas por la revolución bolchevique. A la vez relato de una experiencia viva y diálogos en los cuales la voz de Gurdjieff es preponderante, este conjunto revela un corpus de nociones fundamentales que ubica perfectamente el pensamiento de Gurdjieff y deja adivinar la amplitud y el alcance real de su enseñanza.

Otros libros :
-Psicología de la Posible Evolución del Hombre - P.D. Ouspensky.
-Gurdjieff, el incognoscible - Margaret Anderson.
-Relatos de Belcebú, una lucida interpretación de las enseñanzas de Gurdjieff - John G. Bennett.
-Hacia el despertar de si mismo, una aproximación a la enseñanza dejada por Gurdjieff - J. Vaysse.
-De la Atención, conferencias ensayos y cartas basados en las ideas de Gurdjieff - Christopher Fremantle.
-El espejo de la luz, vislumbres del cuarto camino - Rodney Collin.
-Nuestra vida con el Sr. Gurdjieff - Thomas De Hartmann.
-¿Quién es usted Sr. Gurdjieff? - Rene Zuber.
-El recuerdo de si - Robert Earl Burton.
-Gurdjieff, compilaciones Les Dossier H - Bruno de Panafieu.


PARTITURAS MUSICALES
Gurdjieff / de Hartmann, Music for the piano :


Volumen 1 – Asian Songs and Rhythms


Volumen 2 – Music of the Sayyids and the Dervishes


Volumen 3 – Hymns, Prayers and Rituals


Volumen 4 – hymns from a Great Temple and other selected works

Ed. Schott Music International Gmbh & Co. KG, Mainz.

DISCOGRAFIA
Gurdjieff, Improvisaciones (al armonio) 2 discos Ed. Janus, Paris.


La música de Gurdjieff / de Hartmann, interpretado al piano por Thomas de Hartmann - 3 discos compactos o 4 casetes, ECM Records.


Antología de la música de Gurdjieff / de Hartmann, interpretada al piano por Alain Kremski - 5 discos compactos, Ed. Audivis-Valois, Paris.


Gurdjieff: Himnos Sagrados, interpretados al piano por Keith Jarrete - 1 CD, Ed. Warner BROS



domingo, 9 de octubre de 2011

PRIMERA VISITA DE BELCEBÚ AL TIBET 2 (VIDEO)

TRADUCCIÓN DE VIDEO
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF

PRIMERA VISITA DE BELCEBÚ AL TIBET 2






...tan pronto como una nueva Havatvernoni o

religión surge entre ellos, sus adeptos empiezan inmediatamente a separarse en diferentes
grupos creando cada uno, a continuación, lo que se conoce con el nombre de «secta».
Lo particularmente extraño de esta peculiaridad de los terráqueos consiste en que aquellos que
pertenecen a cualquiera de las sectas, jamás se llaman a sí mismos «sectarios», designación
ésta considerada ofensiva, sino que sólo denominan «sectarios» a todos aquellos que no
pertenecen a su propia secta.
Y los adeptos a cualquier secta sólo son sectarios para los demás seres, siempre que carezcan
de «armas» y «barcos», pues tan pronto como se apoderan de un número bastante grande de
estos elementos, entonces, lo que había sido una secta más, se convierte de pronto en la
religión oficial.
Los seres instalados en esta colonia y en muchas otras regiones de Perlandia se habían
convertido en sectarios, difiriendo en ciertos puntos de aquella religión cuya doctrina, como
ya te he dicho, debí estudiar detalladamente durante mi permanencia en aquel país y que se
conoció más tarde con el nombre de «Budismo».
Estos sectarios, que se denominaban a sí mismos autodomadores, surgieron debido a la
errónea interpretación de la religión budista que, como ya te dije antes, era entendida como un
«sufrimiento en soledad».
Y era sólo para lograr en sí mismos este famoso «sufrimiento» libres del obstáculo de otros
seres semejantes a ellos, por lo que estos seres con los cuales pasamos la noche, se habían
instalado tan lejos de su propio pueblo.
Pues bien, querido niño; dado que todo cuanto supe aquella noche y pude comprobar más
tarde, al día siguiente, de los adeptos de aquella secta, produjo en mí una impresión tan
penosa que durante varios siglos terráqueos no pude dejar de recordarla sin lo que se llama un
«sobresalto» —sobresalto que sólo superé cuando pude esclarecer con toda certidumbre las
causas del extraño carácter del psiquismo de éstos, tus favoritos—, deseo contarte con todo
detalle lo que entonces vi y oí.
Según se desprendió de la conversación mantenida durante aquella noche, antes de la
emigración de los adeptos de aquella secta hacia lugar tan desierto, ya habían ideado en
Perlandia una forma especial de «sufrimiento», es decir, habían decidido establecerse en
lugares inaccesibles, tales que los demás semejantes no pertenecientes a su misma secta, y no
iniciados en su «Arcano», no pudiesen estorbar sus actividades tendentes a procurarles aquel
«sufrimiento» especial que habían ideado.
Cuando tras largas búsquedas encontraron finalmente el lugar por donde nosotros acertamos a
pasar —lugar particularmente adecuado para su propósito— emigraron, dotados ya de una
sólida organización y asegurados materialmente, junto con sus familias, alcanzando, no sin
grandes dificultades, aquel paso casi inaccesible a sus compatriotas ordinarios; la comarca en
cuestión, fue denominada en un principio, según te dije, «Sincratorza».
En un primer momento, mientras se establecían todos juntos en aquel nuevo lugar, se hallaban
más o menos de acuerdo entre sí; pero cuando comenzaron a llevar a la práctica aquella forma
especial de «sufrimiento» que habían ideado, sus familias y en particular, sus mujeres,
enteradas de lo que aquella forma especial de sufrimiento significaba, se rebelaron
ruidosamente, de todo lo cual resultó una escisión.
Este cisma había tenido lugar poco tiempo antes de nuestro encuentro con ellos y en el
momento en que llegamos a Sincratorza, ya comenzaban a emigrar gradualmente hacia otros
lugares, recientemente descubiertos, y que eran aún más adecuados que el anterior, para el
género de vida por ellos perseguido.
Para que comprendas claramente lo que he de decirte a continuación, deberás conocer primero
la causa fundamental del cisma producido entre estos sectarios.
Parece ser que los jefes de la secta, cuando todavía se hallaban en Perlandia, se habían puesto
de acuerdo entre sí, para alejarse de sus semejantes, comprometiéndose a no detenerse ante
nada para alcanzar sus objetivos, esto es, la liberación de las consecuencias derivadas de aquel
órgano del cual había hablado el Divino Maestro, San Buda.
Se incluía en este acuerdo que habrían de vivir de cierta manera, hasta la destrucción final de
su cuerpo planetario o, como ellos dicen, hasta su muerte, a fin de que esta forma especial de
vida purificase su «alma», para decirlo con la expresión terráquea, de todas las excrecencias
extrañas originadas por la presencia, en otro tiempo, del órgano Kundabuffer, de cuyas
consecuencias, según San Buda les había explicado, se habían liberado sus antecesores,
adquiriendo de este modo la posibilidad, según las palabras del Maestro, de volver a
fusionarse con el Omniabarcante Prana Sagrado.
Pero cuando —como ya dije— una vez establecidos, comenzaron a poner en práctica aquella
forma de «sufrimiento» que habían inventado, y sus mujeres, enteradas de su verdadera
naturaleza, se rebelaron, muchos de ellos, bajo la influencia de sus mujeres, se negaron a cumplir
las obligaciones que sobre sí habían tomado cuando todavía residían en Perlandia, siendo
así que la colonia se dividió, finalmente, en dos grupos independientes.
A partir de entonces, estos sectarios, llamados en un primer momento «los autodomadores»,
comenzaron ahora a designarse por otros nombres diversos; aquellos autodomadores que
permanecieron fieles a las obligaciones que habían tomado sobre sí antes de emigrar, se llamaron
«Ortodoshydooraki» en tanto que los demás, es decir, los que habían renunciado a los
diversos compromisos contraídos en la tierra natal, se llamaron «Katoshkihydooraki».
En el tiempo de nuestra llegada a Sincratorza, los sectarios llamados «Ortodoshydooraki»
poseían lo que se llama un «monasterio», perfectamente organizado, ubicado no muy lejos del
lugar en que originalmente se habían instalado, y en él se llevaba a cabo aquella forma
especial de sufrimiento por ellos concebida.
Al reanudar la marcha al día siguiente, tras una noche de reposo, pasamos muy cerca del
monasterio de estos sectarios de la religión budista, defensores de la doctrina
«Ortodoshydooraki».
A esa hora del día solíamos hacer un alto para dar de comer a nuestros servidores
cuadrúpedos, de modo que pedimos a los monjes que nos permitieran alojarnos en su
monasterio.
Por extraño e insólito que parezca, los seres que allí se alojaban, conocidos por el nombre de
monjes, no rehusaron nuestra petición objetivamente justa, sino que, inmediatamente, y sin la
menor «vacilación», propia en los lugares de los monjes de todas las doctrinas y de todas las
épocas, nos admitieron sin reparo alguno.
De modo pues que, acto seguido, nos hallábamos en el mismísimo centro de la esfera de los
arcanos de esta doctrina, esfera ésta que, desde el comienzo mismo de su surgimiento, los
seres del planeta Tierra lograron ocultar con suma habilidad incluso a la observación de los
Individuos dotados con la Razón Pura.
En otras palabras, se hallaban dotados de una particular habilidad para dar vuelta a todas las
cosas a su antojo y convertirlas, de una u otra manera, en lo que ellos llaman un «misterio», y
tan perfectamente esconden este misterio de sus semejantes por toda suerte de medios, que
incluso los seres de Razón Pura no pueden penetrar en él.
El monasterio de la secta Ortodoshydooraki de la religión budista, ocupaba una vasta plaza en
torno a la cual se había construido una sólida pared a manera de protección de todo lo que en
ella se encerraba, tanto de los seres tricerebrados como de otros seres salvajes de formas
diversas.
En el centro de este enorme recinto cerrado había un gran edificio, también de sólidas bases,
que constituían la parte principal del monasterio.
En una mitad de este vasto edificio se desarrollaba la existencia ordinaria de los monjes, y en
la otra, se llevaban a cabo las prácticas especiales características, precisamente, de la creencia
sustentada por los adeptos de esta secta, y que para los demás eran misterios cuyo secreto
desconocían.

PRIMERA VISITA DE BELCEBÚ AL TIBET 3 Y 4

TRADUCCIÓN DE VIDEO
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
PRIMERA VISITA DE BELCEBÚ AL TIBET 3


Alrededor del muro exterior, por el lado interno, se había construido una hilera de pequeños y
fuertes compartimentos, muy juntos los unos a los otros, semejantes a celdas.
Eran precisamente estas «celdas» las que implicaban la mayor diferencia entre este
monasterio y los demás monasterios construidos en el planeta Tierra.
Esta especie de garitas se hallaban cerradas por los cuatro costados, ofreciendo una sola
abertura en la base, de reducidas dimensiones, por la cual podía pasarse, no sin grandes
dificultades, la mano.
Estas sólidas garitas estaban destinadas al emparedamiento perpetuo de los miembros de la
secta que se hubieran hecho «dignos» de tal suerte —donde habrían de ocuparse en sus
famosas manipulaciones de lo que llamaban «emociones» y «pensamientos»— hasta la total
destrucción de su vida planetaria.
Y fue precisamente cuando las mujeres de estos «sectarios autodomadores» se enteraron de
esto, cuando se produjo el mencionado alboroto.
En las enseñanzas religiosas fundamentales de esta secta se hallaba una detallada explicación
de todas las manipulaciones exactas, así como el tiempo necesario, para lograr el
merecimiento de ser emparedado en una de aquellas celdas inexpugnables, donde cada
veinticuatro horas se recibía un pedazo de pan y una pequeña jarra de agua.
En la época en que nosotros franqueamos los muros de aquel terrible monasterio, todas estas
monstruosas celdas estaban ya ocupadas, y el cuidado de los emparedados, esto es, la tarea de
darles cada veinticuatro horas, a través de las pequeñas aberturas antes mencionadas, un
pedazo de pan y un jarro de agua, se hallaba a cargo de aquellos sectarios que eran, a su vez
candidatos a ser emparedados más adelante, con la mayor reverencia, y, mientras esperaban
su turno, habitaban en la parte del edificio más amplia, construida en la plaza del monasterio.
Los terráqueos así emparedados vivían efectivamente en aquellos sepulcros del monasterio
hasta que su existencia, inmóvil, hambrienta y llena de privaciones, llegaba a su fin.
Cuando los camaradas de los emparedados descubrían que alguno de ellos había dejado de
existir, extraían el cuerpo planetario del improvisado sepulcro e inmediatamente, en el lugar
del ser de este modo autodestruido, se instalaba otro desdichado fanático del mismo tipo,
perteneciente a esta maléfica religión.
Y las filas de estos infortunados «monjes fanáticos» eran engrosadas día a día por otros
miembros de la misma secta que constantemente llegaban de Perlandia.
En la misma Perlandia, ya todos los adeptos de esa secta tenían noticias de la existencia de
aquel lugar particularmente «adecuado» para la materialización del objetivo final de su
doctrina religiosa por ellos sustentada y que, según se pretendía, derivaba de las sabias
enseñanzas de San Buda.
Y en todos los grandes centros urbanos poseían, incluso, lo que se conoce con el nombre de
agentes, para ayudarlos a trasladarse a aquel sitio.
Una vez que hubimos dado reposo y alimento a nuestros servidores bípedos y cuadrúpedos,
abandonamos aquel sombrío lugar de martirio, fruto tardío de aquel malhadado órgano que,
por error de cálculo de ciertos Altísimos Individuos Cósmicos, había sido implantado en las
presencias de los primeros seres tricerebrados que habitaron aquel infortunado planeta.
Pues bien, querido nieto, como podrás imaginarte, nuestras sensaciones y pensamientos no
eran muy agradables que digamos, al abandonar aquel lugar.
En nuestra marcha en dirección al Mar de la Misericordia, volvimos a pasar una vez más por
tierras firmes de muy diversas formas, con conglomerados de minerales intraplanetarios,
provenientes de las grandes profundidades y que por una u otra causa habían aflorado a la
superficie del planeta Tierra.
Debo decirte dos palabras acerca de algo sumamente extraño que pude comprobar entonces y
que se relaciona estrechamente con aquella parte del planeta que en la actualidad lleva el
nombre de Tíbet.
En la época en que atravesé por primera vez el Tíbet, sus montes más altos se hallaban a
alturas inusitadas sobre la superficie del planeta Tierra, pero no diferían considerablemente de
las elevaciones que podían encontrarse en otros continentes e incluso en el continente de
Ashhark o Asia, del cual el Tíbet no era sino una parte.
Pero cuando con ocasión de mi sexto y último viaje personal al planeta Tierra, volvieron a
llevarme mis pasos otra vez por aquellos lugares, para mí, en extremo memorables, pude
comprobar que en el intervalo que había mediado de unos cuantos de sus siglos, la comarca
entera se había proyectado a tales alturas sobre el nivel del mar, que ningún otro pico de otros
continentes podía compararse con aquellos.
Por ejemplo, la cadena principal de aquella elevada región a través de la cual tuvimos que
pasar, es decir, la fila de elevaciones que los seres de aquellas latitudes denominan
«cordillera» se había proyectado en el intervalo a tan gran altura sobre la superficie del
planeta, que algunos de sus picos eran, y son todavía, los más altos de todas las proyecciones
anómalas que erizan la superficie de aquel vanamente martirizado planeta.
Y en caso de escalarlos, se hubiera podido «ver claramente», con la ayuda de un Teskooano,
el centro del lado opuesto de aquel extraño planeta.
Cuando por primera vez comprobé este raro fenómeno, pensé inmediatamente que con toda
certeza debía contener el germen de alguna desgracia posterior, de proyecciones cósmicas; y
cuando más tarde reuní ciertas estadísticas referentes a aquel fenómeno anormal, esta primera
aprensión de mi espíritu fue tomando cada vez más cuerpo.
Y creció principalmente, debido a que en mis estadísticas uno de los elementos que formaban
parte del fenómeno manifestaba un incremento considerable cada diez años.
Y este elemento relativo a las elevaciones tibetanas consistía precisamente en lo que
conocemos con el nombre de «temblores planetarios» o, como tus favoritos lo llaman
«terremotos», los cuales se producen debido a la altura excesiva de ciertas prominencias de la
corteza terrestre.
Si bien los temblores planetarios o terremotos ocurren frecuentemente en tu planeta favorito
por causa de ciertas fallas intraplanetarias provenientes de las dos grandes perturbaciones
Transapalnianas —cuyo origen habré de explicarte algún día— la mayoría de los temblores
planetarios terrestres, y especialmente en los siglos recientes, han ocurrido tan sólo debido a
estos sensibles desniveles de la corteza planetaria.
Y ellos ocurren debido a que, como consecuencia de aquellas excesivas elevaciones, la
atmósfera del planeta ha adquirido y sigue adquiriendo todavía en su presencia elevaciones
igualmente excesivas, es decir que lo que se llama la «circunferencia Blastegokiorniana» de la
atmósfera del planeta Tierra ha adquirido en ciertos lugares, y sigue adquiriendo todavía una
presencia material de excesiva proyección, destinada a llenar la, misión de lo que se conoce
con el nombre de «fusión recíproca de los resultados de todos los planetas del sistema dado»;
con el resultado de que durante el movimiento de aquel planeta, y en la presencia de lo que se
denomina armonía común del sistema, su atmósfera se «engancha», por así decirlo, en ciertas
ocasiones, con la atmósfera de otros planetas o cometas del mismo sistema.
Y es precisamente debido a estos «enganches» que tienen lugar, en los lugares
correspondientes de la presencia común de aquel planeta que ha llamado tu atención, esos
temblores planetarios o terremotos.
Debo explicarte también, que la región de la presencia común ...
2DO VIDEO


de aquel planeta en que se
desarrollan dichos temblores planetarios por esta causa, depende de la posición ocupada por el
propio planeta en el proceso del movimiento armonioso común del sistema, respecto a otras
concentraciones pertenecientes al mismo sistema.
Sea ello como fuere, si este anómalo crecimiento de las montañas tibetanas continúa
desarrollándose en el futuro, es de presumir que, tarde o temprano, habrá de producirse una
considerable catástrofe de proyecciones cósmicas generales.
Sin embargo, cuando la amenaza que creo prever se vuelva evidente, no cabe duda de que el
Altísimo y Sagrado Individuo Cósmico habrá de tomar oportunamente las precauciones
necesarias.
—Por favor, por favor, permitidme. Recta Reverencia —interrumpió Ahoon, espetando luego
lo siguiente—: Permitidme que os informe, Recta Reverencia, de ciertos datos que acerté a
recoger, relativos precisamente al crecimiento de estas montañas tibetanas de las cuales os
habéis dignado hablar.
—Poco antes de nuestra salida del planeta Karatas —prosiguió Ahoon—, tuve el placer de
encontrarme con el arcángel Viloyer, gobernador de nuestro sistema solar, y Su
Esplendiferosidad, se dignó reconocerme y dirigirme la palabra.
Quizás recordéis. Recta Reverencia, que mientras vivíamos en el planeta Zernakoor, Su
Esplendiferosidad el arcángel Viloyer, era todavía un ángel ordinario y frecuentemente venía
a visitarnos.
De modo pues que cuando Su Esplendiferosidad, en el transcurso de una conversación,
escuchó el nombre de aquel sistema solar donde habíamos sido exilados, me declaró que en la
última Altísima y Sacratísima recepción de los resultados cósmicos finalmente devueltos,
cierto Individuo, San Lama, había tenido el privilegio de formular personalmente ante los pies
de nuestro ETERNO UNIEXISTENTE, en presencia de todos los Altísimos Individuos, cierta
petición concerniente al crecimiento anómalo de las elevaciones de cierto planeta —al
parecer, de aquel mismo sistema solar— y habiendo recibido esta petición, nuestra
MISERICORDIOSA ETERNIDAD ordenó inmediatamente al arcángel Looisos que sin
demora alguna se trasladase a aquel sistema solar, puesto que él, por hallarse familiarizado
con aquel sistema, era el más indicado para esclarecer, una vez en el lugar, las causas de la
manifestación de dichas proyecciones, y tomar, consecuentemente, las medidas necesarias.
Y es por ello que Su Conformidad el Arcángel Looisos se halla en la actualidad liquidando
presurosamente sus asuntos ordinarios a fin de poder salir a la mayor brevedad posible.
—Así es, querido Ahoon —comentó Belcebú, agregando a continuación—, gracias por tu
datos... gloria a nuestro CREADOR... lo que acabas de decir ayudará probablemente a destruir
en mi presencia la ansiedad que en mí se produjo cuando por primera vez comprobé el
anómalo crecimiento de dichas montañas tibetanas, es decir, mi temor de que desapareciera
por completo del Universo la preciosa memoria de nuestro Perpetuamente Reverenciado,
Sabio entre los Sabios, Mullah Nassr Eddin.
Así que hubo dicho esto, y recobrado la expresión normal del rostro, Belcebú reanudó su
relato:
—Siempre a través de la región que ahora recibe el nombre de Tíbet, continuamos luego
nuestro viaje, encontrando a nuestro paso toda clase de azares y dificultades, hasta que por fin
llegamos a la fuente del río llamado Keria-Chi y algunos días más tarde, tras una accidentada
navegación a lo largo de su curso, arribamos al Mar de la Misericordia, y subimos a bordo de
la nave Ocasión.
Aunque después de este tercer descenso al planeta Tierra no volví a visitarlo personalmente
durante largos períodos, de tiempo en tiempo, no obstante, efectué atentas observaciones de
tus favoritos por medio de mi gran Teskooano.
Y si durante largo tiempo no tuve ninguna razón para trasladarme a aquel planeta
personalmente, ello se debió a lo siguiente:
Después de mi regreso al planeta Marte, no tardé en interesarme en una obra que los seres
tricerebrados que habitaban aquel planeta estaban llevando a cabo, justamente entonces, sobre
la superficie del mismo.
Para poder comprender claramente el tipo de obra de que se trataba, deberás saber, ante todo,
que el planeta Marte es para el sistema de Ors, al cual pertenece, lo que se conoce con el
nombre de «Mdneleslaboxterno» en la transformación de las sustancias cósmicas, como
consecuencia de lo cual posee lo que se llama una «firme superficie Keskestasantniana», es
decir, que una mitad de su superficie consiste en una presencia de tierra y la otra, en masas
saliakooriapnianas; o, como dirían tus favoritos, una de las mitades es de tierra, configurando
un continente continuo, y la otra se halla cubierta de agua.
De modo pues, querido nieto, que como los seres tricerebrados del planeta Marte utilizan a
manera de alimentos primarios, exclusivamente el «Prósphora» —o como lo llaman tus
favoritos «pan»— a fin de obtenerlo, siembran en la tierra correspondiente a una de las
mitades del planeta lo que se llama «trigo», y como este trigo extrae la humedad necesaria
para lo que se conoce con el nombre de «Djartklom evolutivo», tan sólo de lo que se conoce
con el nombre de «rocío», el resultado es que el grano de trigo produce sólo la séptima parte
del proceso equivalente del sagrado Heptaparaparshinokh, es decir, que «producen» sólo la
séptima parte de la «cosecha» como suele llamársela.
Dado que esta cantidad de trigo era insuficiente para satisfacer sus necesidades, y dado que
para obtener una mayor cantidad era necesario utilizar la presencia del Sallakooriap
planetario, los seres tricentrados no hacían, a nuestra llegada al planeta, sino hablar de la
posibilidad de conducir dicho Sallakooriap en la cantidad necesaria, de un lado del planeta al
otro, donde era necesario para el mejoramiento de la cosecha.
Y cuando varios años más tarde decidieron por fin la cuestión, comenzando a hacer todos los
preparativos requeridos, iniciaron las operaciones precisamente un poco antes de mi regreso
del planeta Tierra, es decir que comenzaron a cavar canales especiales para la conducción del
Sallakooriap.
De modo pues, que, dada la extrema complicación de la obra a ejecutarse, los habitantes del
planeta Marte idearon una serie de complejas máquinas y dispositivos para llevarla a cabo.
Y como entre éstas las había sumamente interesantes y peculiares, yo, que siempre me he
interesado en toda clase de inventos nuevos, me sentí fuertemente atraído por la referida obra
de los marcianos.
Por cortesía de dichos seres pasé entonces casi todo mi tiempo disponible en medio de
aquellas obras, y por ello en aquel período fueron muy escasas mis visitas a los demás
planetas de aquel sistema solar.
Sólo en contadas ocasiones volé hasta el planeta Saturno para descansar en compañía del
Gornahoor Harharhk, quien, ya entonces, se había convertido en mi amigo entrañable y
gracias a quien llegué a poseer aquel Teskooano maravilloso que, como ya te dije antes, era
capaz de acercar siete millones doscientas ochenta y cinco veces las visibilidades más
remotas.
Fin del capítulo 22 la primera visita de Belcebú al Tibet.

PRIMERA VISITA DE BELCEBÚ AL TIBET 1 (VIDEO)



TRADUCCIÓN DEL VIDEO
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF

Es decir, que resolví regresar atravesando la región conocida más tarde con el nombre de
«Tíbet».




Capítulo 22
Primera visita de Belcebú al Tíbet
—Puesto que la ruta elegida esta vez era extraña para los terráqueos tricerebrados de aquellos
días y no podríamos, por consiguiente, contar con la posibilidad de sumarnos a alguna
caravana terráquea, debí entonces organizar mi propia caravana, comenzando ese mismo día a
preparar y procurarme todo lo necesario a este fin.
Conseguí, así, una veintena de los cuadrúpedos llamados «caballos», «mulas», «asnos» y
cabras «chamianianas», y contraté cierto número de bípedos terrestres para que cuidasen de
los seres mencionados e hiciesen las tareas semiconscientes requeridas durante el trayecto
para este tipo de viajes.
Una vez procurado todo lo necesario, partí, acompañado por Ahoon.
En esta oportunidad atravesamos lugares todavía más peculiares e insólitos que en la anterior;
el radio de nuestra visión alcanzó a descubrir un número mucho mayor de seres uní y
bicerebrados de las formas más diversas, «salvajes», y que procedían de ciertos puntos
remotos, en aquellos tiempos, del continente de Ashhark.
Dichos seres «salvajes» eran por entonces particularmente peligrosos, tanto para los seres
tricerebrados que en aquellas comarcas habitaban, como para los seres cuadrúpedos de otras
formas que tus favoritos, con la «astucia» que les es propia, habían convertido en sus
esclavos, obligándolos a trabajar para la exclusiva satisfacción de sus necesidades egoístas.
Y estos seres salvajes eran entonces particularmente peligrosos, debido a que precisamente
por aquella época se hallaba en vías de cristalización en las presencias de dichos seres
salvajes, aquella función especial que en ellos surgió, nuevamente aquí, debido a las
condiciones anómalas de vida establecidas por los seres tricerebrados que con ellos habitaban,
función ésta que más adelante he de explicarte detalladamente.
Las comarcas que debimos atravesar en esta ocasión eran casi inaccesibles a los seres
tricerebrados de aquella época, principalmente por causa de estos seres salvajes.
En aquellos días, sólo les era posible atravesar esa región «de día», para utilizar la expresión
terráquea, es decir, cuando tiene lugar en la atmósfera de aquel planeta el proceso de la
«Aieioiuoa» en el Elemento Activo Okidanokh.
Y si les era posible atravesarla de día, esto se debe al hecho de que durante el tiempo
correspondiente a la posición Krentonalniana de su planeta respecto de los rayos de su sol,
casi todos los seres terrestres salvajes se hallan en el estado conocido con el nombre de
«sueño», es decir, en un estado de elaboración automática en sus presencias de la energía
necesaria para su existir ordinario, elaboración ésta de energía que en los seres tricentrados
del mismo planeta tiene lugar, por el contrario, sólo cuando la referida sagrada propiedad no
se desarrolla en la atmósfera, esto es, durante el período diurno, que ellos denominan
«noche».
De modo, pues, querido nieto, que sólo era posible, entonces, atravesar estas regiones de día.
De noche, era necesario hacer uso de una extrema vigilancia y de diversos refugios artificiales
para defenderse de las fieras.
Durante el período de la mencionada posición Krentonalniana del planeta Tierra, estas fieras
salvajes se hallan perfectamente despiertas, dedicándose a buscar su alimento primario eseral,
y dado que, por entonces, ya se habían acostumbrado a valerse, con este fin, casi exclusivamente
de los cuerpos planetarios de los seres más débiles de otras formas que habitaban el
planeta, trataban permanentemente, en este período, de hacer presa de toda clase de esos seres
para utilizar su cuerpo planetario en la satisfacción de aquella necesidad alimenticia.
Estos seres salvajes, en especial los más pequeños, se hallaban ya entonces —también en este
caso, por supuesto, debido a las condiciones anómalas de vida establecidas por los seres
tricentrados— perfeccionados al extremo, en lo que a astucia y maña se refiere.
Como consecuencia de todo ello, durante todo el trayecto de éste, nuestro segundo viaje,
debimos todos nosotros, y en especial los servidores escogidos para realizar las tareas
semiconscientes, mostrarnos en extremo vigilantes y alerta por las noches, a fin de preservar
nuestras propias existencias, así como las de nuestros cuadrúpedos.
Por las noches se formaba alrededor de nuestro campamento una verdadera reunión de fieras
salvajes, provenientes de los más distantes puntos y llevadas hasta aquel lugar por el deseo de
procurarse algo adecuado para su alimento.
Y era ésta, de hecho, una verdadera «asamblea» como la que tus favoritos celebran durante lo
que se llama «cotización de acciones en la bolsa», o durante una «elección» de representantes
para una u otra sociedad, cuyo propósito teórico es la persecución conjunta de un medio
determinado para la existencia feliz de todos los seres a ellos semejantes, sin distinción alguna
de castas.
Pese a que durante toda la noche teníamos leños encendidos para asustar a las fieras, y pese a
que nuestros bípedos servidores, a pesar de la prohibición de hacerlo, destruían con ayuda de
flechas envenenadas como ellos las llaman, a aquellos seres que se acercaban demasiado a
nuestro campamento, no hubo una sola noche en que los llamados «tigres», «leones» y
«hienas», no se llevaran uno o más de los seres cuadrúpedos que integraban nuestra
expedición, cuyo número disminuía, como es de imaginar, diariamente.
Pese a que el camino de regreso al Mar de la Misericordia nos llevó mucho más tiempo que el
escogido a la ida, todo lo que entonces vimos y oímos acerca del extraño carácter del
psiquismo de tus favoritos durante el trayecto por aquellas inhóspitas comarcas, justificó
plenamente el tiempo adicional empleado.
Viajamos así, más de un mes terráqueo, llegando finalmente a un pequeño establecimiento de
seres tricerebrados que, como resultó ser más tarde, no hacía mucho que habían emigrado de
Perlandia.
Como más tarde supimos, esta colonia se llamaba «Sincratorza», nombre éste que cuando
tiempo después se pobló la región circundante, pasó a designar a todo el país.
Con el transcurso del tiempo, sufrió varios cambios y en la actualidad se conoce con el
nombre de «Tíbet».
Como acertamos a encontrarnos con estos seres precisamente al caer la noche, les pedimos, lo
que se dice «alojamiento para pernoctar».
Y cuando ellos nos concedieron el permiso para pasar la noche, bajo su protección, grande fue
nuestra alegría ante la perspectiva de una noche de descanso, dado que todos nosotros nos
hallábamos, por cierto, exhaustos, por las constantes luchas que habíamos debido librar contra
las fieras de la región.
Tal como se desprendió de la conversación que esa noche mantuvimos con los residentes en
aquella colonia, éstos pertenecían a la secta por entonces famosa en Perlandia, que se conocía
con el nombre de «los autodomadores».
Se había formado la misma entre los adeptos a aquella religión, precisamente, que, como ya te
he dicho, pretendía estar basada en las mismísimas enseñanzas de San Buda.
No estará de más recalcar en este sentido que los seres que habitan aquel planeta, presentaban
ya entonces otra peculiaridad que desde mucho tiempo antes se había tornado característica de
ellos exclusivamente y que consiste en esto: